PARA ADAY, SEMINARISTA: SABER ESCUCHAR

Si no me equivoco, Aday, en el Seminario de Canarias al que tú perteneces aunque ahora estás estudiando en Roma, hay actualmente trece jóvenes seminaristas. Parecen pocos y lo son, sin duda. Pero a mí, más que los seminaristas que faltan me preocupan los que sobran. Mejor dicho, los que pueden sobrar. Y no me refiero, de ninguna manera, a ese grupo de compañeros tuyos que ahora mismo se preparan estudiando, rezando, conviviendo y, eso espero, escuchando mucho.

Sería lamentable que, por la evidente falta de vocaciones sacerdotales, los seminarios permitieran la entrada indiscriminada de jóvenes inmaduros o ligeramente desequilibrados o con una mentalidad más cercana a la Edad Media que al hombre de hoy. Ser cura, tú lo vas sabiendo ya, exige mucha escucha, mucha paciencia y mucha humildad. Y no se sale de los seminarios con todo aprendido, ni muchísimo menos. Hay que estar aprendiendo siempre y aceptando que el cura de hoy no es el que lo sabe todo, ni el que tiene la última palabra, ni el que se refugia en la sacristía o la casa parroquial porque piensa que lo suyo es impartir sacramentos y rezar y basta. Sé que esto lo sabes tú muy bien, seguramente mejor que yo, y también tus compañeros. Pero no basta saberlo. Porque sigue habiendo curas de ordeno y mando, que se regocijan de que triunfe la línea dura en el episcopado y que se ilusionan con llevar la aureola sacerdotal pensando que, con la imposición de manos del obispo, ya lo tienen todo conseguido.

Yo preferiría menos curas y menos seminaristas a cambio de más cristianos comprometidos, hombres y mujeres, con más libertad para tomar decisiones en la Iglesia, que no sean meros colaboradores del párroco. Para eso, los sacerdotes no deben tener miedo a la calle, a escuchar, con el mismo respeto que a la palabra de Dios escrita, a esas personas que manifiestan su opinión y sus sentimientos y sus quejas. Dios no está únicamente, ¡gracias, Señor!, en la Conferencia episcopal ni en sus documentos. Dios tomó tierra hace ya muchos años en la gente sencilla del pueblo y ahí hay que bajarse a escuchar y a interpretar. Pero eso no se hará si nos sentimos los únicos elegidos, preferidos, intocables y sabios.

Nos me gustan los seminaristas ni los curas “divinos”. Prefiero a los humanos. A los que necesitan rezar y poner su confianza en Dios, a los que valoran la amistad, a los que se enamoran, a los que lloran y sufren con el dolor de los otros, a los que cometen pecados y lo reconocen. Qué emocionante leer el evangelio (Juan 11, 1-45) en donde Jesús se emociona y llora porque ha muerto su amigo Lázaro. Qué alentador tropezarse con un Jesús que cree en la vida. Que no hay muerte que pueda matar la Vida. Que es posible la superación. Uno no puede atrincherarse en las paredes de las iglesias ni de los grupos cristianos y los movimientos en donde todos somos de la misma cuerda. Hay que arriesgarse a vivir la grandiosidad de la Calle de Dios. A estar donde está la vida. Eso tú y tus compañeros seminaristas lo han comprendido y desde el Seminario de Lomo Blanco o en Roma tienen el oído atento a escuchar hoy Su voz.

Y por eso yo hoy voy a votar. Voy a votar por un Seminario abierto, alegre, que escuche la voz de Dios y la voz de los hombres y mujeres del mundo. Votar por el seminario significará orar por las vocaciones, animarles, apoyarles incluso económicamente y también criticarles, siempre con el afecto que para ti, en otro tiempo seminarista en Tamaraceite, mantuve y que quiero tener para todos.

©2008 Jesús Vega Mesa