NO SIEMPRE ES VIERNES SANTO, AMBROSIO

Hace bastantes años, Ambrosio, leí un libro del inigualable Martín Descalzo titulado Siempre es Viernes Santo. En aquel entonces yo lo hubiera firmado con el mismo título. Hoy no. Y seguro que sí, que sigue siendo Viernes santo cada día. Pero también cada día es Pascua, es Resurrección. A uno no le queda más remedio que convivir cada día con las penas y con las alegrías de la gente y de uno mismo. Muy pocas veces, o tal vez nunca, la muerte y la vida caminan por separado. Mientras uno ande por esta vida va a ser así. Mi amigo Ambrosio nos hablaba hace sólo unos días de pasar un merecido descanso unido a su familia en la querida Fuerteventura. Pero la vida, esta, la de aquí, se le truncó inesperadamente. Su casa se convirtió en unas pocas horas en un Viernes santo. Y, probablemente, cuando pasen unos días, tanto tú, Nieves, su mujer, como Aníbal y Adrián, sus hijos, aceptarán mejor que, para vivir la Pascua, la Vida con mayúscula, la que pensamos que ya disfruta Ambrosio, era necesario pasar por el Viernes Santo, por muy doloroso que haya sido. Siempre el Domingo viene después que el Viernes.

Lo que yo sí tengo ahora más claro es que Siempre es Semana Santa. Muertes inesperadas y nacimientos de niños; matrimonios que se separan y parejas que se prometen cariños para siempre. Violencia en las calles de muchas ciudades y gestos de afecto de muchos amigos y hasta de personas desconocidas; hospitales colapsados y fiestas en otros lugares. Viernes y Domingo, siempre juntos y así todos los días del año y de la vida

La Semana Santa no está reñida con el descanso y la playa y las acampadas y las reuniones de amigos y de familia. Al contrario, esa es la parte de Domingo que nos toca disfrutar y hacer disfrutar y que no hay que desaprovechar. Estos días son, en todo caso, una invitación a reflexionar, a orar, a pensar en el sentido de la vida de uno. Jesús el de Nazaret lo tuvo claro y se enfrentó, no sin sufrimiento y lágrimas, al dolor y a la muerte. Y lo seguimos recordando. Y con él, a los otros millones de hombres y mujeres, niños y niñas que pasan por el Viernes de la vida: hambre, desigualdades, vejaciones, torturas, humillaciones...

Las verdaderas procesiones de Semana Santa las veo casi siempre desde mi ventana, cuando Lolita toca en Cáritas en busca de una bolsa de comida y cuando Vanessa me cuenta que este mes no le alcanzó para comprar leche a su hija. O cuando me escriben de Guatemala pidiendo que apadrinen a un niño para que tenga posibilidad de ser escolarizado… y desayunar; o cuando los familiares de enfermos mentales se quejan, con toda razón, de la dejadez de los que tienen el poder y el dinero. Prefiero contemplar estas procesiones reales que me tocan el alma en vez de esas otras en donde uno contempla, pasivamente, el desfile de unas imágenes de muerte embellecidas con flores y con plata.

El Domingo es la esperanza y es la luz. Cuando llega el Viernes me pongo a esperar que sólo quedan dos noches para la luz del Domingo. Cuando a mi puerta o a la de mis amigos toca la muerte o la enfermedad, yo intento que la tristeza no pueda con la esperanza. Jesucristo venció a la muerte y al dolor. El Domingo vence al Viernes.

En estos días de la Semana Santa, el desfile procesional que pasa por mi mente es enorme: Ambrosio, Rogelio, Enrique, Conchita y tantísimos otros que tanto significaron en mi vida. Pronto será Domingo, será la de Pascua, y la vida empezará a ser más dulce. Nos frotaremos las manos con gozo, como tú hacías, Ambrosio, y seguiremos esperando mientras compartimos el Viernes.

En mi casa, clavadas en la pared, tengo una colección de cruces. No son cruces de muerte sino de victoria y de solidaridad. Porque cada vez que uno comparte la cruz de alguien, se pone en lugar del otro sobre la cruz, empieza a ser Pascua. No siempre es Viernes santo, Ambrosio.

©2008 Jesús Vega Mesa