EL NIÑO DE LA GUERRA QUE YA SONRÍE

Ayer vi de cerca la guerra. Nunca la había tenido tan cercana. Bueno, disculpen. No tuve cerca la guerra: tuve cerca las consecuencias de la guerra, que es peor. Ayer estuvo en mi pueblo Alí, un niño sin manos y sin brazos porque una bomba se lo llevó todo. Y junto con sus brazos se llevó también a su padres y a sus hermanos y a sus tíos y tantas ilusiones y cariños... Una bomba que, decían, era preventiva, que yo no sé lo que eso significa, arrastró con la historia, las ilusiones, las esperanzas de un chiquillo.

Alí lo perdió todo en esa guerra tan cercana y tan televisada de Irak. Los que defienden la guerra (¿quedará alguno todavía?) dirán que lo de Alí es un daño colateral, que tampoco sé lo que es eso.

Cuando Alí descubrió hace unos meses que ya le faltaba todo gritaba a los periodistas, déjenme morir, déjenme morir. Pero no. Claro que no lo dejaron morir sino todo lo contrario; ayer lo vi sonriendo. Alí puede ahora sonreír porque encontró un grupo de personas aquí en mi tierra de Canarias y en otras tierras que ha logrado ponerle brazos y piernas ortopédicas y cariño y calor. Alí sonríe, qué bien; pero esto no es un cuento de hadas que siempre acaba bien.

Porque Alí puede ahora sonreír; pero en Irak hay miles de niños que no han tenido la suerte, digamos, sí, la suerte que él ha tenido. Niños mutilados y huérfanos sin piernas, ni brazos, ni padres ortopédicos. Por culpa de una guerra que no ha acabado y que Dios quiera que acabe pronto.

Alí es un símbolo de las consecuencias de la sinrazón, de la barbarie, de la intolerancia. También es símbolo de lo que se puede hacer por un niño, por una persona. Hay mucha gente que no tiene respeto a la vida, a la que no le importa la muerte por salvar su ideología o su afán de poder o de dinero. Pero hay otros que sí, que sacrifican lo que sea por salvar a Alí, a los miles de Alís que en el mundo hay. Pienso en las miles de familias que apadrinan un niño, en los millones de personas que dicen no a la guerra, en los cientos de voluntarios que van a colaborar en proyectos humanitarios a favor de la paz, en toda la gente que cada día habla con Dios para pedir no por ella sino por los más abandonados del mundo.

Hoy, al escribir estas palabras, no he podido evitar una lágrima por las víctimas de la crueldad y violencia del animal hombre, por esos Alí sin brazos que ya no dirán jamás “mamá” . Pero tampoco he podido evitar la sonrisa de satisfacción por tanta gente buena que piensa en los demás.

Ayer vi el horror y la tristeza de la guerra en los ojos del niño iraquí de carne y hueso que visitó mi pueblo. Y en su tímida sonrisa vi la grandeza del amor y de la solidaridad. Me quedo con su mirada. Me quedo con su sonrisa.

©2004. Jesús Vega Mesa