LOLITA GARCIA, SACRISTANA DE VECINDARIO

Lolita García, nacida en Fataga, estuvo hasta hace unos días ejerciendo de sacristana en la iglesia de San Rafael de Vecindario. Ella dignificó el titulo de sacristana haciéndolo equivalente al de mujer trabajadora, servicial, discreta, amable, respetuosa y religiosa sin ninguna clase de fanatismo ni beaterías . Amiga de todos los sacerdotes que fuimos párrocos de Vecindario, disponible siempre al nuevo que llegaba. Pero es que, además, Lolita no perdió nunca su fino y sano humor que siempre hacía sonreír y nunca molestaba .

Bueno, pues Lolita, en sólo dos días se nos marchó con la misma discreción que vivió. Hace menos de un año la Parroquia quiso hacerle un homenaje y ella repitió muchas veces que se negaba y que no iría. Y lo consiguió. No nos quedará más remedio que hacérselo después de muerta. Yo animaría a hacer un homenaje público a ella y a todos los sacristanes y sacristanas que siguen ejerciendo este oficio voluntariamente y que, como ella, dan dignidad a nuestros templos y a nuestras celebraciones. .

Hace unos años, después de dejar la parroquia de San Rafael de Vecindario, le escribí una carta pública a Lolita que hoy quiero reenviarle al cielo:

Querida Lolita: Muchas veces, cuando se acaba el día y se pone uno a pensar, vienen al recuerdo personas que, como usted, han hecho del servicio sencillo a la parroquia un hermoso ministerio. La recuerdo, Lolita, consagrada en su taller-sacristía, a todos los menesteres: abrir la iglesia, cambiar las flores, limpiar, preparar el pan y el vino, revisar los manteles… y lo que es más difícil: saber comprender a cada persona que allí se acerca, adaptarse a cada nuevo sacerdote, saber muchas cosas de todos y ser siempre discreta con todos. No sé yo qué sería de nuestras parroquias sin mujeres como usted.

Usted ha sido, Lolita, la mujer que llega a la iglesia antes que el sacerdote y se marcha más tarde que él. Cuando las cosas salen bien, cuando todo está a gusto del pueblo, los elogios suelen ir dedicados a otros: al cura o al grupo de liturgia. Y cuando hay errores, los palos pueden ser fácilmente para usted.

Cuando se acaba el día y se pone uno a pensar, vienen al recuerdo tantas personas que, como usted, son algo más que sacristanas y, sin embargo, pasan inadvertidas. Hoy le escribo a usted., Lolita y a todas esas colegas suyas como Adoración y Nenita en Fuerteventura o Juanito en Melenara o Agustín en Tamaraceite y a tantos otros en multitud de parroquias, para decirles que el ministerio de ustedes es algo muy muy valioso. Tan valioso como los ministerios más históricos. Lo que pasa es que muchos siguen pensando en el “escalafón” como si fuera más importante, por ejemplo, ser obispo que ser cura o que ser sacristán. Qué equivocados estamos. O qué despistados. Como si el evangelio lo tuviéramos aún sin abrir. A veces me da vergüenza sorprender que, en nuestras comunidades, muchas veces valoramos a las personas por los estudios, los cargos o los títulos. Con el peligro de que unos se crean superiores y otros se consideren inferiores. Qué tontería. Como si lo importante no fuera servir y servir, dando cada uno lo que sabe, como sabe, pero con cariño. Y con sencillez. Mujeres como usted, Lolita, nos ayudan a acercarnos al evangelio

Hoy, Lolita, lloramos su muerte, pero con la alegría del buen ejemplo que nos ha dejado. Ahora, ya cerca del Padre-Dios, siga sonriéndonos y animándonos a vivir en actitud de servicio. Nunca una sacristana ha sabido predicar tan bien. Mejor que todo los curas que hemos pasado por Vecindario. Porque usted no necesitó subir al púlpito o al ambón. Y su mensaje ha calado hondo. La recuerdo en la última fiesta de San Rafael, el día 24 de octubre, sentada accidentalmente en el presbiterio, muy cerca del obispo y de los sacerdotes que concelebrábamos. Usted subió a dar las gracias. Y de verdad era a usted a quien teníamos que haberle mostrado nuestra gratitud.

Ahora, al comenzar el Adviento, se nos invita a leer más el evangelio. Yo invito también, me invito, a leer más la vida de personas de esas con las que nos tropezamos cada día y que son un ejemplo de servicio y de entrega. En cada parroquia y en cada pueblo hay personas que trabajan, que luchas, se esfuerzan silenciosamente, discretamente, ayudando a los otros. Están en nuestros colegios, en las Asociaciones, en los Club de Pensionistas, en las iglesias.

Nosotros comenzamos ahora el Adviento, con la esperanza firme de que el Señor sigue viniendo. Lolita la sacristana colocó muchas veces la corona de adviento, los paños morados de la liturgia de estos días, los carteles que recordaban al pueblo que el Señor está cerca. Ahora ella está ya con Él. Y nosotros, animados por su ejemplo y el de tantas personas que sirven desinteresadamente a los otros, seguiremos repitiendo y deseando que actitudes como las de Lolita y tantos sacristanes nos ayude a encontrarnos con él. Por eso seguiremos diciendo y pidiendo de corazón: Ven señor Jesús.

©2006 Jesús Vega Mesa