TERRORISMO, ODIO E INJUSTICIA

Pongan todos los adjetivos que se les ocurran y aún así no conseguirán calificar los execrables ataques terroristas del martes 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York. Sólo mentes desquiciadas y deshumanizadas pueden concebir la brutalidad de secuestrar aviones comerciales con pasajeros y convertirlos en inmensos proyectiles mortales contra miles de personas.

Comentando estos luctuosos hechos, Miguel Ángel Bastenier, especialista en asuntos internacionales, ha escrito que con la caída del muro de Berlín y la defunción de la URSS, murió unmundo bipolar, pero hoy existen gravísimos poderes que quieren resucitar la bipolaridad, sólo que ahora el papel de Moscú se lo arroga el terrorismo internacional. Este terrorismo, calificado de internacional, es el que ha golpeado a los Estados Unidos con ferocidad. En el calor de las emociones disparadas por la enormidad del atentado, han abundado los comentaristas y analistas que han calificado estos terribles atentados como el inicio de un nuevo tipo de guerra, sin recordar que hechos así (aunque mucho menos enormes) son frecuentes en el mundo desde los años sesenta. Y han señalado hacia el mundo islámico, de donde se sospecha ha surgido el grupo de fundamentalistas agresores. En ese caldo de cultivo, los terroristas con su actuación destructora y los elaboradores de estereotipos irracionales antiárabes podrían hacer posible la predicción del apocalíptico Samuel Hungtington que profetizó el enfrentamiento entre la civilización judeo-cristiana occidental y la oriental musulmana. El presidente francés, Jacques Chirac, ha declarado a las pocas horas de esos ataques contra Estados Unidos, que la tesis de una guerra entre civilizaciones no tiene sentido porque supondría que una de ellas ha incorporado el terror como instrumento político habitual y eso no es cierto. Otra cosa es la existencia de grupos y organizaciones dispuestos a sembrar la muerte y la destrucción que invoquen el Corán, pero que son minoría, aunque excesiva, terrible y muy peligrosa.

En este clima, junto al estupor y el dolor por el brutal atentado, se ha empezado a temer o esperar la respuesta de los Estados Unidos, atacado por primera vez en su propio territorio nacional. No por casualidad los más importantes periódicos de Inglaterra, el aliado más estrecho de los Estados Unidos, han coincidido en la necesidad de sangre fría. "The Guardian" ha recomendado mantener la calma y el control, en tanto que "The Independent" ha publicado que los terroristas sólo podrán afirmar haber ganado si las naciones democráticas abandonan sus valores civiles y utilizan la violencia indiscriminada contra inocentes, mientras "The Times" ha afirmado que la precipitación lleva el peligro no sólo de golpear un objetivo equivocado sino de agravar la situación, generando un clima de hostilidad estable similar al de la guerra fría. En esa misma línea, el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha declarado que en estos momentos, una mente fría y razonable es más necesaria que nunca.

Los aliados de EEUU en la OTAN han manifestado la necesidad de formar una alianza contra el terrorismo internacional. Los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea han expresado la necesidad de que los países democráticos se coordinen en una lucha implacable contra el terrorismo internacional. Y los líderes árabes han apelado a la colaboración internacional como principal estrategia en la lucha contra el terrorismo, pero advierten de que sólo tendrá éxito si antes se resuelve con justicia el problema palestino. El rey Abdalá II de Jordania ha sido el más explícito al declarar que los atentados nunca habrían ocurrido si se hubiera resuelto el conflicto de Oriente Medio.

Se teme que la respuesta estadounidense sea feroz, quizás al recordar que, por mucho menos (los atentados contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania), el presidente Bill Clinton ordenó el bombardeo de una fábrica farmacéutica en Sudán (que la CIA había señalado como de productos para la guerra química) y un campo de entrenamiento de seguidores del saudí fundamentalista Osama Bin Laden en Afganistán.

Pero además del desquiciamiento fanático, el motor de esos atentados terroristas es el odio asociado al integrismo religioso. Ese odio se convierte en caldo de cultivo óptimo entre los que no tienen nada que perder, porque ya lo han perdido todo. Según ha escrito estos días aciagos el periodista Juan Luis Cebrián, “las imágenes difundidas por la televisión de un puñado de niños palestinos aplaudiendo y jaleando el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York son la consecuencia de una política basada en el enfrentamiento entre los pueblos y el desprecio a los derechos humanos en muchas latitudes del planeta”.

El terrorismo es posible por la combinación de dos factores: el fanatismo, la sin razón absoluta de un lado, y del otro la pobreza extrema y la desesperación. Por eso, los países del Norte, los países desarrollados, no pueden ya quedarse de manos cruzadas ante las terribles desigualdades y miserias que arrojan a la desesperación y la desesperanza, al infierno de la exclusión, a millones de seres. Y si no lo hacen por amor a la justicia y a la verdad lo han de hacer por egoísmo, por afán de seguridad, porque en tanto no se empiecen a poner las bases para un mundo más equitativo, existirá el semillero del odio y el abono necesarios para acciones tan increíblemente brutales e inhumanas como las sufridas el 11 de septiembre de 2001.

Los criminales organizadores y gestores del odio no hallarán lugares en los que hacer sus despreciables levas en la medida en que hagamos un mundo más justo, menos ignorante, menos manipulable y más equilibrado; donde la declaración de los derechos humanos proclamados en la carta de las Naciones Unidas aprobada en 1946 sea un objetivo cada vez más alcanzado. Serge July, director del diario "Liberation" de París ha escrito hace pocos días que "la mejor defensa del terrorismo no es la guerra, sino la justicia". Y, comentando los terribles hechos de ese martes negro, el escritor norteamericano William Pfaff dice que "la única defensa verdadera contra un ataque externo es un esfuerzo serio, continuado y valiente por encontrar soluciones políticas a los conflictos nacionales e ideológicos que afecten a Estados Unidos".

Estos días suenan tambores de guerra en los Estados Unidos y la opinión pública pide venganza. Siendo comprensible esa reacción, cabrá recordar que, además de detener y poner en manos de la justicia a los que han cometido tan execrable crimen, contra el odio destructor hay que oponer la solidaridad y reivindicar la razón, porque la razón es lo más opuesto a la locura terrorista.
Hay que perseguir sin desmayo a los instigadores y organizadores de todos los actos terroristas que se hayan cometido o se puedan cometer, pero al mismo tiempo hay que proponerse conseguir un mundo en el que, como mucho, haya adversarios, pero nunca enemigos. Quizás suene a ingenuo, pero es imprescindible. Y desde las filas del pensamiento crítico que se opone a la globalización deshumanizada, hemos de proclamar que el terrorismo, además de su criminalidad por lo que significa de ataque a derechos humanos fundamentales como la vida y la libertad, es un peligroso enemigo que impide o dificulta gravemente la creación de una conciencia universal contra la desigualdad, la injusticia y las agresiones a los derechos humanos. Y se da la paradoja de que mientras haya injusticia puede haber terrorismo, porque es su caldo de cultivo, pero también es cierto que mientras el terrorismo actúe y siembre el miedo no podremos crear las condiciones para que la desigualdad desaparezca.

Xavier Caño Tamayo, Periodista.
Tomado de Solidarios para el Desarrollo.
C/Donoso Cortés, 65 28015 Madrid. Telf. 902 123 125 Fax: 91 394 64 34


Talibanes



¿QUIÉNES SON LOS TALIBANES?

En el Sur de Asia Central y sin acceso al mar se encuentra Afganistán, un país caracterizado por una dictadura fundamentalista donde la violencia no tiene límites y las violaciones de los derechos humanos son constantes.

Nota histórica

Históricamente el país, ha sido objeto de largas y sucesivas dominaciones extranjeras: persas, griegos, mongoles y turcos. No es hasta mediados del s. XVIII, con Ahmad Shah Durrani como soberano, que se constituye como una entidad política. En el s. XIX, fue escenario del enfrentamiento entre los imperios británicos y ruso, siendo amenazada su integridad territorial.

Es Abd al-Rahman, entronizado por los británicos, quien forja el moderno Estado unificado, independiente de Gran Bretaña. En 1.973, protagoniza un golpe de Estado y proclama la República. En 1.978 en un nuevo golpe de Estado este es derrocado por Muhammad Taraki, miembro del Partido Democrático Popular y, pro soviético. Taraki aumenta los lazos con la URSS, lo que comporta la aparición de unos grupos guerrilleros musulmanes anticomunistas, los mujaidins. En 1.979, Hafizulla Amin derroca a Taraki y la acción de las guerrillas aumenta. Ese mismo año, la URSS invade Afganistán y proclama presidente de la República a Babrak Karmal. En 1.989, en cumplimiento de los acuerdos de Ginebra, los soviéticos se retiran del país. A partir de ese momento, las diversas facciones musulmanas se enfrentan en una guerra civil para conseguir el predominio en la composición del gobierno del nuevo Estado islámico. En 1.994 surgen los Taliban y se convierten en una de las más poderosas facciones contrarias al gobierno. La instrucción militar y el fanatismo religioso les lleva a iniciar una ofensiva armada consiguiendo diferentes victorias militares.

La sharia

En Septiembre de 1.996, los Taliban conquistan Kabul. Una vez conquistada la capital, el gobiernos de los taliban se vuelca en reordenar el país según los preceptos religiosos, con el objetivo de establecer el Estado más puro del Islam. Imponen la aplicación de la sharia, rígida ley islámica que hace una severa interpretación del Corán: Las mujeres no tienen derecho a estudiar ni a trabajar, han de llevar el «chador».

Los hombres están obligados a llevar barba y turbante.

Los residentes están obligados a rezar.

Se prevé la lapidación para adúlteros, la amputación de manos y pies para ladrones y la muerte por operar a las mujeres.

Hombres y mujeres han de viajar por separado en el transporte público.

La prensa tiene prohibido fotografiar a las mujeres.

No se puede jugar a fútbol ni tampoco ver videos.

Los cines están cerrados por ser convertidos en mezquitas de oración.

Está prohibido el funcionamiento de las estaciones de televisión y prohibido que la población escuche música por la radio. Datos de la situación actual

La expectativa de vida de vida de los hombres es de 44 años y de 43 años para las mujeres. La mortalidad infantil afecta a 1 de cada 8 niños. La tasa de alfabetización es del 30%, las mujeres apenas llegan al 13’5%.

Como consecuencia de la guerra, en la capital no hay ni agua ni luz, así como la población sufre el problema de las minas terrestres, según la Cruz Roja, Afganistán es uno de los países del mundo más afectados por las minas.

Actualmente la situación no deja de ser muy grave y preocupante. Es el país menos avanzado del mundo, fuera de África, que vive una guerra ininterrumpida desde 1.979. Es un claro ejemplo de estado desintegrado y frágil en el que no existen las instituciones. Es un país dominado por el fanatismo religioso fundamentalista, que se ha impuesto por la violencia y que impacta muy especialmente sobre las mujeres afganesas y los derechos humanos.

(2001)