Ser pobre en Chile
Por Rafael Gumucio (publicado en The Clinic. 12.07.01)

Mucho tiempo he tratado de comprender qué se siente ser pobre en Chile. Tengo la suerte de pertenecer a una clase social que aunque se esfuerce por no hacer nada o hacerlo todo mal, nunca caerá en la total miseria. Soy de la casta de los elegidos, de los autoelegidos que siempre tienen algún tío que les dé un préstamo, que siempre tienen un puesto que les espera.

Los pobres han sido siempre los otros, a los que hay que ayudar, admirar, querer y temer. Los rotos, a los que les aguantamos que vengan a cantar y hablar si son de apellido Parra, los que viven en las afueras, arreglan el jardín y matan y se matan en la portada de La Cuarta. Son los otros que explican, por contraste, quiénes somos.

Y quizás esa es la clave para comprenderlos: son los otros, yo también he sido en mí vida “el otro”. Fui un extranjero durante toda mi infancia en París, fui un trabajador inmigrante, un sudaca, que le venía a quitar el pan de la boca a los franceses. Vi como la policía, sin razón aparente, golpeaba a los argelinos, como los colegios privados no aceptaban marroquíes. Fui ese sospechoso moreno en una calle de rubios. Me atendieron mal en las tiendas, y no quisieron arrendarme covachas inmundas por miedo a que contagiara al vecindario con mi lengua rara y mis costumbres sudacas. He sido el clandestino, el sin papeles, el que con un sándwich tibio en la mano miraba a los europeos besarse, subirse y bajarse de sus autos, y admiraba la ciudad cuyas puertas estaban cerradas para mí y los de mi raza. Y tuve ganas de robarle a la señora con traje de sastre que acababa de depilarse. Y pensé en rajarle el paño a algún estudiante de derecho, y escupirle su cara de flan para que supiera que mi verdad es la verdad y que mi hambre es su culpa.

Ser pobre en Chile es como ser un trabajador inmigrante en Europa. Es el mismo desprecio, el mismo racismo, la misma discriminación, los mismos ghettos, los mismos golpes en las comisarías. Y en la micro, los asientos de atrás y los consultorios especiales, los negocios sólo para ellos, los supermercados donde hay menos cosas. Los pobres son los negros de este país que se enorgullece de su coherencia racial. Son distintos, huelen distinto, les gustan otros programas de televisión, leen en otra lengua. Son los hombrecitos, las empleadas que salen «buenas» tal como un electrodoméstico más, son el delincuente, son la llorona a la que llueva, haya sol, tiemble o no tiemble, igual se le destruye la casa por alguna razón.

Son esos extraños avecindados que sirven para que cualquier reportero rellene su día con una nota pintoresca. Son fuente inagotable de campañas solidarias, de casos paranormales y de programas sensacionalistas. Son las víctimas de todos los shows y los protagonistas de todas las burlas. Y como todos los extranjeros, juegan a no tener dignidad para, encerrados entre ellos, reírse con indisimulado odio de la soberbia de los que no saben nada y son dueños de todo.

Los pobres se reconocen entre ellos, se huelen, se sobreviven, se esconden y, a veces, inundan con su presencia de pelo mojado y piel morena esa ciudad extranjera que es la suya. Entonces, los parlamentarios y autoridades hablan de solucionar el problema de la pobreza como en Europa se habla de solucionar el problema de la inmigración. Hay dos posiciones: los comprensivos que van hacia ellos, hacia los extranjeros chilenos y le dan comida, ropa, frazadas y, a veces, oído, y los más radicales (nuestros Haider y Hitler en versión sonriente) que enrejan sus ghettos y declaran con su paz ciudadana la guerra a esos extraños: los rotos.

La única diferencia entre los inmigrantes del primer mundo y los pobres chilenos es que a primeros los pueden devolver a sus países. Son pocos y la mayor parte se integra a su país de adopción; si sobreviven al racismo hasta pueden, como yo, soñar de algún modo con ser europeos. Nuestros trabajadores inmigrantes son chilenos y no podemos echarlos de Chile (harto le gustaría a algunos). Además, son la mayoría (aunque la publicidad, la televisión, los diarios no están hechos para ellos sino para el grupo ABC1). Los pobres son más y han tenido en esta década la delicadeza de no recordarnos que los extranjeros somos nosotros, los de Las Condes, Providencia, y otros clubes de golf. Nosotros somos los inmigrantes, nosotros somos lo que no sabemos vivir bajo ese sol radioactivo, nosotros somos los que estamos con permiso de residencia, abusando de la tolerancia de esos pobres que cualquier día retoman sus calles y cerros.