La inmigración: Diálogo cultural versus multiculturalidad

En estos días de campañas electorales en Europa, políticos retrógrados esgrimen el fantasma de la invasión de inmigrantes bajo el espectro de la multiculturalidad. Por ella entienden que los inmigrantes se organicen en nuestros países formando guetos en donde impongan sus culturas, religión y tradiciones que pueden chocar con los derechos sociales reconocidos en nuestras leyes. En ese aspecto, quienes llegan al país de acogida tienen que respetar las leyes que recogen los derechos fundamentales y que son causa del desarrollo y bienestar que les sedujeron para abandonar sus países de origen. No seamos ingenuos: ningún país desarrollado puede aceptar que en su territorio se margine a la mujer o a los menores en cualquiera de sus formas, ni que se mutilen ni que se les obligue a casarse contra su voluntad. Son derechos fundamentales reconocidos tras largas luchas sociales. Otra cosa es el respeto a sus costumbres y tradiciones en la comida, en el vestido, en sus fiestas o prácticas religiosas, siempre que no alteren el orden establecido.

El peligro está en confundir multiculturalidad con encuentro de culturas. De ahí que el diálogo intercultural enriquezca a los ciudadanos de orígenes diversos. En el fondo, sólo el necio ignora que todos somos mestizos y pertenecemos a una misma raza humana con matices diversos. Partiendo del respeto a la sociedad de acogida, es preciso, por parte de sus ciudadanos, una actitud de respeto, de interés por el otro y de mutua ayuda con el que llega para integrarse con nosotros sin que nadie pierda sus señas de identidad.

Suelo decir en mis clases que los inmigrantes son personas muy educadas que nos devuelven las visitas que los europeos les hemos hecho durante quinientos años. El camino ya lo conocen: les basta con rehacer el de los conquistadores, evangelizadores y colonizadores que ocuparon y explotaron sus tierras, los desarraigaron de sus tradiciones y creencias y los sometieron bajo el mito de las tres Ces que invocara el rey Leopoldo II de Bélgica y que hizo suya la Conferencia de Berlín de 1885: civilización, cristianización y comercio.

Pero la inmigración es un fenómeno sociológico que ejercita un derecho fundamental, pues las cosas no son de su dueño sino del que las necesita, como me enseñó una campesina del Chocó, en Colombia. Que la inmigración necesite ser regulada por los países de acogida y por los de partida, no concede a nadie patente de corso ni prepotencia ni conmiseración o abuso.

En el Norte sociológico, lo políticamente correcto es el pensamiento único que afirma que el mercado es el que gobierna y el Gobierno quien administra lo que dicta el mercado. Es la apoteosis de la revolución conservadora de los años ochenta en amalgama con un liberalismo rampante que postula el máximo beneficio económico, a cualquier precio material o humano. Son las tesis del capitalismo salvaje elevado a la categoría de modelo de desarrollo cuyos frutos son: menos de treinta países enriquecidos a costa de más de ciento cincuenta pueblos empobrecidos, muchos de los cuales son los financiadores natos del desarrollo económico del Norte. Las cifras cantan: desde la década de los ochenta, los flujos de capital del Sur al Norte son tres veces superiores a las cada vez más inexistentes inversiones que, en un 80%, se hacen de los países del Norte entre ellos mismos. Es preciso terminar con el espejismo contrario.

La globalización imperante promueve la expansión de una sociedad de la información, mundialización de los cambios económicos, crecimiento de las redes financieras internacionales, aparición de nuevos países industrializados y la hegemonía económica y militar de Estados Unidos.

Una de las grandes paradojas de la globalización es que no alcanza a la movilidad de la fuerza de trabajo, circunstancias que no deja de tener efectos paradójicos pues la globalización económica desnacionaliza la economía nacional mientras que la inmigración renacionaliza la política. Se da por hecho que hay que levantar los controles fronterizos que pesan sobre el flujo de capitales, la información y los servicios. Pero cuando se trata de inmigrantes y refugiados los países ricos imponen su derecho a controlar sus fronteras.

Hace cincuenta años, ni los africanos ni los latinoamericanos emigraban en la proporción actual. Emigrábamos los europeos meridionales: españoles, portugueses, italianos y griegos; también los irlandeses.

El que emigra tiene una sensación de ruptura y la integración puede suponer un desarraigo. La sociedad de destino se considera una sociedad de llegada más que una sociedad de acogida, mientras que se descubre que el Norte es una sociedad de consumo más que del bienestar soñado que nos habían presentado a través de los medios. Finalmente, el retorno se convierte en un mito pues tiene que ver más con el momento que con el lugar: no se puede regresar con las manos vacías pues somos la esperanza soñada de la gran familia que nos envió, nos sostiene y nos aguarda.

La más temible de las amenazas para la especie humana es la explosión demográfica. La Cumbre sobre Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en 1994, subrayó que el aumento de la educación de las niñas y las mujeres produce un descenso de los índices de fertilidad y una reducción de las tasas de mortalidad y morbilidad. Está demostrado que en todos los países en donde la mujer tiene acceso a la educación y a los puestos de responsabilidad que les corresponde, la curva demográfica ha descendido hasta extremos que hacen imprescindible el auxilio de los inmigrantes para garantizar el pago de las pensiones mediante sus cotizaciones a la Seguridad social. Al tiempo que cubren muchos empleos que no quieren los naturales de esos países y garantizan el desarrollo social y económico.

Es evidente que la psicosis de invasión de emigrantes que esgrimen ciertos políticos retrógrados es insensata y suicida pues pone en peligro el crecimiento económico y el mismo desarrollo social de un país que durante siglos se apoyó en la emigración a Latinoamérica y durante décadas España envió millones de ciudadanos a diversos países de Europa en similares condiciones a las de los inmigrantes que hoy tanto les asustan. No tiene fundamento el impacto negativo que se atribuye a los trabajadores extranjeros sobre el paro y la productividad.

Cualquier política de inmigración fracasará si se limita a trabajar sobre las condiciones de destino y no aborda lo que ocurre en el origen. Los países europeos, tierra de emigrantes, tienen que reconocer el derecho natural a la emigración y favorecer la legislación más generosa para convertirnos en tierra de asilo, como simple reciprocidad en la acogida de quienes un día no lejano recibieron a decenas de millones de europeos.

Es posible favorecer esa integración sin absorción alguna. Es preciso respetar y pactar el futuro para hacer viable el presente.

©José Carlos García Fajardo. Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM) y director del CCS