Por Juan Manuel DE PRADA

Se apela mucho en estos días a una «Europa laica» que abjure o al menos se desprenda de su legado cristiano. Ignoro, sin embargo, a qué se refieren quienes enarbolan ese brumoso concepto de «Europa laica». Si, por ejemplo, consideramos que aquí «Europa» sirve para designar a esa junta de mercaderes y burócratas con sede en Bruselas, la apelación se me antoja una verdad de Perogrullo; pues, desde luego, en esa entelequia construida sobre intereses burdamente económicos y politiqueos con fecha de caducidad, nada con vocación de trascendencia tiene cabida. Pero sospecho que esa junta de mercaderes no se conforma con reunirse fuera del templo, sino que aspira a derribar sus altares y acampar entre sus muros. De lo contrario, no se explicaría el énfasis con que apela a su condición «laica», que parece oponerse a una fantasmagórica «Europa confesional», en la que los ciudadanos, para obtener carta de naturaleza, hubiesen de hacer profesión de fe. Puesto que dicha «Europa confesional» no existe, la mera apelación a una «Europa laica» deviene grotesca, huera, mero floripondio lingüístico, salvo que...

Salvo que no postule una separación del poder de esa junta de mercaderes y el poder espiritual que la religión pueda ejercer sobre algunos ciudadanos, sino más bien una beligerancia activa, un hostigamiento sin tregua al fenómeno religioso. La «Europa laica» no se conforma con instalar su quiosco extramuros del templo; pretende demoler sus altares y levantar en su lugar una ceca. Hostilidad es lo que detecto en esa apelación a una «Europa laica» que convoca, para soliviantar a los incautos y hacerse más sugestiva, imágenes inquisitoriales y trasnochadas. Arrasado el templo (esto es, reducidas a escombros las convicciones religiosas y morales), la junta de mercaderes podrá entronizar más cómodamente su dios, que es el dinero. Para que esa beligerancia sea más fructífera, conviene presentar previamente la religión como una especie de sacamantecas que trae consigo un séquito de oscurantismo y represión; y oponer a ese coco siniestro un paraíso de concordia y buen rollito, en el que la supresión de todo condicionamiento religioso nos hace más libres, más risueños, más anestesiados y con unas tragaderas del tamaño del cañón del Colorado, para comulgar mansamente con ruedas de molino.

Esa «Europa laica» desligada de sus raíces religiosas, se nos presenta como una suerte de panacea que servirá para exorcizar las calamidades contemporáneas. Pero quienes predican esa utopía de altares derruidos y cálices arrumbados en un desván no han debido de leer muchos libros de Historia; de lo contrario, sabrían que los pueblos que han renegado de su religión, o la han convertido en una retahíla de prácticas inanes, están condenados a ser devorados por quienes enarbolan una fe vigorosa. Roma cayó cuando miró la cima del monte Olimpo con irónico descreimiento; Al-Andalus sucumbió ante el empuje de unos cristianos ásperos, menos reblandecidos por la molicie, a quienes enardecía una llama que sus enemigos habían ahogado en los aljibes de la Alambra. También nos enseña la Historia que los pueblos que han alcanzado la prosperidad suelen arrumbar sus dioses; y que, ensimismados en los beneficios que les rinden sus riquezas, voluptuosamente entregados a su disfrute, se derriten en la inanidad, antes incluso de que el galope de los bárbaros pisotee su agonía.

Confesaré, en fin, que escucho con íntimo regocijo esas apelaciones a una «Europa laica». Si los dones de la salud y la longevidad me bendicen, quizá alcance a presenciar el declive y la caída de esa junta de mercaderes y burócratas con sede en Bruselas.

© ABC 29-5-04