Ante las elecciones generales.
Carta pastoral de Ramón Echarren Ystúriz, obispo de Canarias

(14 de Marzo de 2004)


Queridas hermanas y queridos hermanos:

De nuevo nos convocan a las urnas, para que elijamos a los políticos que nos van a representar en el Congreso de los Diputados y en el Senado.

Todos sabemos que votar es un deber que tenemos los ciudadanos, sin que ello excluya, por tratarse también de un derecho, el que por serias razones de conciencia, podamos votar en blanco al no tener clara una opción concreta que represente, al menos, un mal menor para la sociedad. Ello debe representar un criterio para los que, por ser cristianos además de ciudadanos, debemos acudir a las urnas con el convencimiento de que deseamos realizar un acto de solidaridad respecto a todos los ciudadanos que, con nosotros, constituyen tanto la sociedad canaria como la española, y procurando, además, ayudar con nuestro voto, a los más débiles y necesitados.

Precisamente por ello, porque además de realizar un acto político con nuestro voto, porque además de ejercer un derecho y una obligación en cuanto ciudadanos, realizamos una acción con una clara motivación propia de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra solidaridad, el votar posee para los cristianos una clara dimensión moral que ni podemos ni debemos desconocer: ejercemos el derecho del voto, no sólo por obligación, sino en cuanto creyentes en Jesús, porque deseamos que se construya una sociedad más justa y fraterna, para bien de tantos y tantos hermanos nuestros que no cuentan apenas nada para los más poderosos, que no tienen voz para clamar por sus derechos, y para que sean atendidos, en sus necesidades más elementales, que no tienen fuerza para impedir que aquellos que poseen de todo salgan siempre beneficiados, incluso en exigencias que ellos definen como derechos cuando no lo son en absoluto y que sólo benefician a determinadas minorías y a sus egoísmos personales más que sociales.

No hay programa alguno de ningún partido que pueda satisfacer plenamente a los que creemos en el Señor, en su Evangelio y en su Moral. Pero no todos los programas ni todos los partidos que los elaboran, deben tener el mismo valor a los ojos de los cristianos. Unos están más cerca que otros de los ideales del Reino de Dios, esos ideales que comportan la paz y la solidaridad, la verdad y la sinceridad, la justicia y la libertad, tal como nos la ofrece la Revelación de Dios (Cf. Lc. 4, 8-19), es decir, no esa libertad tan de moda hoy que se concibe como que cada uno puede hacer lo que quiera, con tal de que no quebrante las leyes humanas, como si esas leyes definieran el bien y el mal, al margen de Dios y del prójimo.

De ello se deriva que el cristiano deberá votar en conciencia en favor del programa político que menos se aleje de la voluntad de Dios; que menos se aleje del objetivo de que se construya el bien común, entendido como el bien de todos y cada uno de los ciudadanos y, preferencialmente, de los más pobres; que menos se aleje de una sincera búsqueda del bien integral de cada ser humano, un bien que alcance todas las dimensiones de la persona , tal como la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" las estableció en las Naciones Unidas ya en 1948, y tal como nuestra propia Constitución, en sus definiciones más fundamentales, nos las ofrecen.

No podemos menos que dar gracias a Dios y a no pocos políticos de las más diversas tendencias, por el hecho de que muchos de esos derechos, si no de forma total y absoluta, sí de forma cada día más cercana al ideal, se hayan ido respetando en forma creciente. Pero no podemos cerrar los ojos a la triste realidad de que todavía persistan no pocos problemas personales, familiares y sociales, y que muchos de nuestros ciudadanos se ven imposibilitados a llevar una vida digna, sufriendo carencias y necesidades que debieran haberse cubierto hace ya muchas décadas. Y nos entristece de modo particular el hecho de que se gasten ingentes sumas económicas en bienes de prestigio, en bienes que no representan urgencia alguna, en bienes destinados al ocio y a la diversión de un sector de la sociedad, en bienes innecesarios para el bien común, en bienes que no favorecen en absoluto el que cada ser humano viva de acuerdo con su dignidad, en tanto no se alcanzan para una multitud de personas y familias, esas mínimas exigencias que suponen que sean respetados esos derechos fundamentales claramente establecidos por nuestra Constitución y por la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Como nos ha dicho el Concilio Vaticano II, la misión que Cristo confió a su Iglesia, no es de orden político, económico o social, puesto que le asignó un fin de orden religioso. Pero de esa misión que le encomendó, fluyen tareas, luz, criterios y fuerzas que pueden servir, particularmente a través del compromiso de los seglares cristianos, para constituir y fortalecer la sociedad humana según la ley de Dios (Cf. G.S. 42). Desde el Evangelio de Jesús, la Iglesia desea e intenta realizar su misión al servicio de todos, bajo cualquier situación y siempre que ésta reconozca y respete los derechos fundamentales de la persona, de la familia y de los imperativos del bien común (Cf. G.S. 42). De ahí que la Iglesia exhorte a cada cristiano, a la hora del votar y siempre, a que se afane por cumplir sus deberes temporales, guiado por el Evangelio (Cf. G.S. 43). La separación entre la fe y la vida cotidiana, debe ser considerado como uno de los errores más grave de nuestro tiempo (G.S. 43). El cristiano que descuida sus obligaciones temporales, descuida sus deberes con el prójimo y con el mismo Dios, y pone en peligro su salvación eterna (G.S. 43), y ello a la hora de votar y durante toda su vida.

No piensen los seglares, a la hora de votar o a la hora de comprometerse en la política o con lo temporal, que sus pastores (obispos y sacerdotes) puedan ofrecerles soluciones concretas para cada cuestión que surja, aunque sea grave, o que ésta sea su misión. Son los propios seglares los que deben asumir sus responsabilidades. Pero deben hacerlo dejándose iluminar por la sabiduría de la Revelación de Dios (Cf. G.S. 43). Ello supondrá que según las circunstancias, una misma concepción cristiana, inclinará a unos o a otros cristianos, a diferentes decisiones, a la hora de votar o a la hora de comprometerse en lo político, en lo económico o en lo social. Pero todos deben recordar que a nadie le está permitido reivindicar en favor de su punto de vista, la autoridad de la Iglesia (Cf. G.S. 43), como si su opción fuera más cristiana que la de los demás.

Pero siendo así, ello no significa que el cristiano, a la hora de votar o de comprometerse en lo temporal, pueda prescindir de las exigencias de la Moral Cristiana (Cf. Ef. 5, 1-7), como si cualquier decisión tuviera el mismo valor a los ojos de Dios y respecto a la Moral del Evangelio. Ello representaría una grave irresponsabilidad incompatible con la fe en el Señor. Representaría caer de lleno en ese subjetivismo, en ese relativismo, en ese individualismo, tan de moda hoy, que pretende que la Iglesia y la fe de los cristianos, se conviertan, en contra de los Derechos Fundamentales de la Persona Humana y de nuestra Constitución, en asuntos radicalmente privados, sin proyección en la vida humana y en la sociedad, de acuerdo con esa vieja concepción propia de la moral capitalista y de la ideología liberal, de que a la Iglesia "hay que encerrarla en las sacristías", como si los cristianos fuéramos ciudadanos inferiores, a los que hay que negar el ejercicio de derechos que se reconocen plenamente a los demás ciudadanos no cristianos.

No tenemos espacio en esta Carta Pastoral para desarrollar todos los aspectos que se encuentran en los diferentes programas políticos que los partidos nos ofrecen, y algunos de los cuales son gravemente contradictorios respecto a la Moral Cristiana y que, en consecuencia, los cristianos tenemos la gravísima obligación de no apoyar con nuestros votos. La lectura de las diferentes ofertas que se nos hacen y la experiencia de un suficiente número de años de vida democrática, nos deben ayudar a decidir nuestro voto, en coherencia con nuestra fe y nuestra Moral, sin dejarnos engañar ni manipular, pensando seriamente en el futuro de nuestros niños y de nuestros jóvenes, en el futuro de los más pobres y marginados y en el futuro de toda nuestra sociedad.

Me voy a limitar a señalar algunos temas particularmente importantes por el gran daño que puedan causar a nuestra sociedad y a sus ciudadanos (Cf. Mt. 16, 1-4): la aprobación legal del matrimonio entre personas del mismo sexo; la protección sanitaria gratuita para el cambio de sexo; la dispensación gratuita de pastillas abortivas o la ampliación del plazo del aborto atentando contra la vida humana ya concebida; la legalización llamada abusivamente "derecho a la eutanasia", con lo que ello supone matar, creando al mismo tiempo un régimen de terror para los ancianos y para no pocos enfermos que desean seguir viviendo, y sin que ello suponga, como siempre lo ha defendido la Iglesia, que sea obligatorio alargar artificialmente la vida o no aplicar los medios necesarios para mitigar el dolor de los enfermos en las etapas terminales de una enfermedad incurable (Todos estos temas se publicaron, como un programa de un determinado partido, en "El Mundo", 27-XII-2003); una legislación que no favorezca claramente el derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación que desean para sus hijos (D.U.D.H. artículo 26, 3); unas leyes que, rechazando la "laicidad" (aceptada por la Iglesia y recogida en nuestra Constitución), caigan en un brutal y antidemocrático "laicismo", negando el derecho a la libre expresión de cada fe y a una educación religiosa de acuerdo con las conciencias de padres e hijos, dando así prioridad a los que no creen o rechazan cualquier forma de fe, evitando el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales que puedan favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todos los grupos étnicos y religiosos (D.U.D.H. artículo 26, 2); la defensa de la guerra preventiva; la corrupción política y económica; los que apoyan las leyes que no van a asegurar el reconocimiento y el respeto a los derechos y libertades de los demás, y que no van a satisfacer "las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general propio de esa sociedad democrática" (Cf. D.U.D.H. artículo 29, 2).

Creo que no es preciso insistir en temas como la experimentación con embriones humanos, en la permanencia de los problemas sociales como los de la falta de viviendas dignas para muchas familias, como es la falta de atención a "los sin techo" y a los inmigrantes, a los parados de larga duración, a las madres solteras, a los ancianos y jubilados sin suficientes ingresos, a los niños deficientemente atendidos, a los discapacitados sin medios propios... ¡y a tantos y tantos otros que necesitan una urgente y adecuada asistencia social!. (Cf. Mt. 25; "Sollicitudo Rei Socialis", de Juan Pablo II).

Sirvan estos hechos programáticos para que los cristianos sepamos, si somos coherentes con nuestra fe y nuestra moral, a qué programa debemos votar, aunque sea como un mal menor.

Queridas hermanas y queridos hermanos: todos sabemos que la democracia es sin duda la mejor, acaso la única o la menos mala, de las formas políticas de convivencia en medio de la pluralidad y de la diversidad hoy vigentes en nuestra sociedad. Pero también sabemos que ello no es suficiente: va creciendo la sensación de que nuestros partidos políticos y sus representantes, en lugar de convivir, malviven en la confrontación y en el empeño de destruir al adversario, en la medida que no alimentan una sana y respetuosa convivencia. De ahí que debamos concluir en que de hecho, no construyen la democracia (Cf. "Dignificar la política". Cristianismo i justicia, nº 162. Barcelona. Diciembre de 2003). No es una degradación casual. La democracia iguala el valor del voto de todos: pobres y ricos, débiles y poderosos, creyentes y no creyentes. Se trata de algo que no llegan a asumir aquellos que pretenden que sus intereses personales, corporativistas, económicos, ideológicos o sociales, prevalezcan sobre los de la mayoría de los ciudadanos. Y en función de ello, manipulan de mil maneras nuestras conciencias, nuestras opiniones y hasta nuestras creencias. (Cf. "Cristianismo i justicia". Idem).

Los cristianos no debemos dejarnos manipular por nada ni por nadie. Como Hijos de Dios, tenemos nuestra libertad y desde ella, optamos por lo mejor para todos, para la sociedad entera, para nuestros más pobres, para todas las confesiones religiosas, y también para la Iglesia y para el mensaje de salvación que ofrece, de forma preferencial, a los más humildes y débiles. Y debemos tener claro que los programas de los partidos, no tratan sólo del bienestar social de los ciudadanos, sino que con frecuencia quieren introducir criterios de vida y supuestos valores de conducta, sobre lo que no tienen competencia alguna.

De ahí que el Señor y su Iglesia pidan a cada cristiano que vote en conciencia, pero que lo haga teniendo en cuenta "lo bueno y lo malo", "el bien y el mal", "lo moral y lo inmoral", porque así y sólo así demostrará que es consecuente con su fe, y no una especie de persona que se deja guiar por caprichos, por opiniones interesadas, por imágenes externas, por meras emociones o por influencias manipuladoras de no pocos que odian toda religión y, especialmente, a la Iglesia del Señor-Jesús.

Lo que está en juego es, por tanto, la sinceridad de nuestro ser cristiano: no hay neutralidad posible. Es decir, o se está con el Señor-Jesús, o se está en contra de él; se opta por el bien común o se opta por el bien de unos cuantos privilegiados. Lo que está en juego es la corresponsabilidad de todos en la construcción de una sociedad mejor.

Recemos para que el resultado de las elecciones represente un paso hacia adelante en la dignificación de nuestra sociedad y de cada uno de los ciudadanos, represente un serio avance en la defensa de los derechos humanos y en la solución completa de los problemas que están en la raíz del sufrimiento de esa multitud de hermanos nuestros que viven en la miseria, aquí en Canarias, en España y en el mundo entero!.

¡Que el Señor, por la intercesión de la Virgen María, nos bendiga a todos, a todos los canarios, a todos los españoles, a toda la humanidad!.

Las Palmas de Gran Canaria, 14 de Marzo de 2004.
Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias.