Las obviedades del Banco Mundial

Si los países pobres de Asia, África y América Latina no tienen mayor acceso al abastecimiento de agua, electricidad, transportes y telecomunicaciones, no se podrá alcanzar el objetivo de reducir a la mitad la pobreza del mundo para 2015, tal como ha propuesto la ONU como tarea del milenio. Quién esto afirma es James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial y, al leerlo, uno tiene la tentación de pensar que la pólvora no la inventaron los chinos hace tres mil años sino el señor Wolfenshon por contar obviedades de tal forma.

Según datos de la ONU, más de 1.200 millones de habitantes de la Tierra carecen de acceso a agua potable y el doble viven en ambientes degradados, carentes de saneamiento, razón por la que son muy vulnerables a numerosas enfermedades. También unos 2.400 millones de personas no disponen de energía que les proporcione iluminación y calefacción. En las zonas rurales de los países en desarrollo del mundo, 900 millones de personas no tienen carreteras ni caminos decentes transitables, lo que dificulta o impide el acceso al trabajo, a posibles lugares de estudio y a centros sanitarios.

Tras constatar que los pocos países ricos del mundo gastan en subvenciones a sus agriculturas siete veces más que en ayudas a los países pobres o en desarrollo, el presidente del Banco Mundial ha reconocido que las necesidades son inmensas y que se necesita más del doble de la actual ayuda oficial para el desarrollo junto con mayores inversiones del sector privado para financiar las infraestructuras necesarias. Lo malo es que a renglón seguido se ha dirigido a los gobiernos de los 'países en desarrollo' y les ha pedido la introducción de reformas reglamentarias clave para mejorar las condiciones propicias para la inversión y producir un efecto multiplicador de las inversiones del sector privado. Y uno, al leer tan críptica frase, no puede evitar pensar en el AMI, afortunadamente enterrado en 1998 por la denuncia y la presión ciudadanas. El AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones) era una especie de patente de corso, de cheque en blanco para la inversión privada en cualquier lugar del mundo en el que todas las ventajas y derechos eran para los inversores, y todos los deberes y obligaciones para los países y gobiernos donde se invirtiera.

En la Bolsa se suele decir, para explicar las bajadas de cotizaciones por incidentes nacionales o internacionales, que "el dinero es cobarde". Si el dinero no tiene valor ni coraje y mucho menos solidaridad, ¿qué tipo de sojuzgación de países pobres será precisa para que haya un efecto multiplicador de inversiones privadas como preconiza Wolfenshon?

El Banco Mundial, en el fondo, propone más de lo de siempre con un brindis al sol para maquillar su imagen internacional: el acceso de los pobres a las infraestructuras necesarias para salir de la pobreza ha de ser un negocio rentable para el sector privado de los países ricos. Las políticas del Banco Mundial continúan avalando beneficios a los más ricos del planeta antes que atacar las causas de la falta de acceso de países pobres a infraestructuras necesarias y de la pobreza misma.

¿Por qué no se plantea de una vez cancelar la deuda externa de los países pobres, que ha crecido tanto que es impagable? Algunos autores críticos, como Susan George, van más allá y afirman que la cancelación de la deuda (pagada ya ¡cuatro veces! por efecto perverso de la acumulación de intereses, pero nunca amortizada) debería acompañarse de la restitución de las riquezas arrancadas por el Norte a los países del Sur desde hace décadas o incluso siglos.

¿Qué tal si se controlan también los paraísos fiscales, donde se acumula riqueza expoliada al Sur? ¿Se han planteado controlar los movimientos especulativos financieros transnacionales, que están en el origen del empobrecimiento de muchos países en desarrollo? ¿No es deseable acabar con el burdo proteccionismo de los países ricos para que el comercio internacional sea más justo y el Sur obtenga los beneficios que se le deben?

Pero hablar de esas cuestiones parece ser políticamente incorrecto, algo que no hace un presidente del Banco Mundial. Es más apropiado maquillar el problema y proponer soluciones que no lo son.

Algunas iniciativas del PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo ) y de acciones solidarias internacionales, como el Programa de Agua y Saneamiento o el Programa de Asistencia para la Gestión del Sector de la Energía, parecen estar en el buen camino de atacar los problemas estructurales de la pobreza, aunque sean insuficientes. La cuestión entonces es que, si resolver la carencia de infraestructuras y servicios esenciales del Sur depende de la inversión privada, tenemos pobreza para rato.

La alternativa no es reivindicar una limosna o caridad para los pobres (algo que los poderosos de la Tierra utilizan como camuflaje, cortina de humo o justificación desde hace siglos) sino Justicia, porque todo habitante de este planeta, por el mero hecho de haber nacido, sin que le hayan pedido permiso, tiene un derecho radical irrenunciable a no ser pobre, a no sufrir los inconvenientes, sufrimientos y desastres de la pobreza.

Como se proclamó en Porto Alegre, otro mundo es posible.

©2001 Xavier Caño Tamayo