La libertad de capitales y las limitaciones de la mano de obra (para ignorantes económicos).

Para los que nos consideramos profanos —forma disimulada de decir ignorantes— en asuntos económicos, la lectura de algunas páginas de la prensa especializadas en estas cuestiones no deja de ser desconcertante. Desconcierto que se traduce en preocupación cuando se sabe que tantos y tan importantes factores económicos están en la base de los conflictos políticos y sociales que nos aquejan.

Se ha informado recientemente de que Telefónica Española ha empezado a experimentar el trasvase de sus operadores de información general a Marruecos, donde el sueldo de un operario es del orden de 250 dólares, menos de la mitad de lo que cobraría si desempeñara la misma función en España. Se ha dicho también que se trata de estudiantes locales de español, para que su acento no les delate, que además reciben nombres ficticios cuando atienden al público. Así que cuando alguien utilice el servicio de información y escuche en su auricular: «Le atiende Antonio González», puede fundadamente sospechar que se trate de Mohamed Sebti, por ejemplo.

Tal tipo de maniobra, utilizada cada vez más por las empresas multinacionales, es aplaudida usualmente por los expertos económicos. Consideran una óptima estrategia empresarial el utilizar mano de obra de países donde los sueldos son miserables, los sindicatos son débiles o inexistentes y los regímenes políticos pertenecen a ese tipo no democrático, tan vituperado de palabra por Occidente como aceptado a efectos prácticos, donde se garantiza por la fuerza esa estabilidad a cuya sombra fructifica el dinero. Así que las acciones de empresas tan ejemplares acaban subiendo —a pesar de las tempestades bursátiles— porque los especuladores —conocidos púdicamente como inversores— saben favorecerlas por su reconocida habilidad para aumentar los beneficios.

Vemos, pues, que el capital puede emigrar libremente y explotar con sueldos de miseria y jornadas abrumadoras a la mano de obra de los países subdesarrollados. Pero cuando desde éstos emigran quienes allí viven en condiciones paupérrimas, aspirando a establecerse en Europa, para ser también explotados inicialmente de un modo parecido —irrisorios salarios, inseguridad social, inestabilidad en el empleo— los epítetos más desaprobadores caen sobre ellos: se trata de inmigrantes vagos y perezosos, abusadores de los sistemas de seguridad social locales o plaga que viene a perturbar el idílico orden de los pueblos desarrollados. Y se les expulsa por la fuerza en cuanto esto es factible.

En resumidas cuentas, en este mundo globalizado lo que puede moverse libremente son los capitales, mientras que la mano de obra está sujeta a estrictas limitaciones. Si además se entiende que son precisamente esos capitales que se mueven impulsados por los vientos especuladores los verdaderos responsables de la miseria y la pobreza del mundo subdesarrollado, la desigualdad y la injusticia que esto implica aparecen monstruosas.

La pregunta que uno se hace es simple: ¿cuánto puede durar esta situación? Susan George, presidenta del Observatorio de la Mundialización de París, ha dicho recientemente: “El poder hoy está en los mercados financieros, en los que sólo cuentan 150 personas, y está en los dirigentes de las transnacionales y sus servidores...”. En su libro El Informe Lugano, recientemente publicado, dice que “la mala gestión de la economía globalizada, sus propios excesos y descontrol llevan a la quiebra del sistema”. Y afirma que lo que verdaderamente importa “es controlar esta máquina de destrucción de la cual todos dependemos, pero lo más grave es que quienes más se benefician de ella son incapaces de controlarla”. Si esto opina una persona experta y crítica con el actual sistema económico, los legos en esta materia tenemos motivos más que suficientes para alarmarnos. Entre un mundo regido por fanatismos religiosos —como el que Occidente ha logrado con esfuerzo superar— y otro dirigido por los pontífices del capital, en verdad no se sabe ya qué puede ser peor para el conjunto de la Humanidad.

©2001 Alberto Piris (General de Artillería en la Reserva y Analista del Centro de Investigaciones para la Paz.)