Blanqueo de dinero e hipocresía económica

Por Xavier Caño Tamayo (periodista)

Al hablar de dinero negro o sucio es preciso hacer algunas precisiones previas. Se denomina así tanto al dinero obtenido en actividades delictivas como al proveniente de la evasión de impuestos, pero las cifras que vamos a dar se refieren al dinero que es fruto del crimen organizado. Ese es un dinero negro que se lava o blanquea, según el término acuñado hace más de setenta años en Chicago, en el esplendor de los gángster, para utilizarlo en el sistema económico legal.

Según los cálculos realizados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por la ONU, anualmente se blanquean en el mundo más de 600 mil millones de dólares conseguidos por el delito organizado en todo el mundo; este dinero se lava utilizando el sistema bancario legal. Para hacerse una idea del enorme volumen de dinero blanqueado, esta cantidad es equivalente a un tercio de las reservas en divisas de todos los bancos centrales. Todo un pellizco que se obtiene, sobre todo, con la venta de cocaína, heroína y, en menor volumen, otras drogas ilegales. Según cálculos de la ONU, entre 350 mil y 400 mil millones de dólares son beneficios del narcotráfico. Muy buena parte de esos cientos de miles de millones de dólares, cuando están blanqueados, se invierten en deuda estatal en varios países y se hace de forma arriesgada, en productos especulativos y frágiles que buscan un rendimiento alto y rápido. Es decir, los grandes delincuentes de este mundo controlan una parte muy importante de la deuda oficial de los países más vulnerables. Esa actitud y actividad especulativas del crimen global organizado han influido de forma importante en las crisis económico-financieras de los ochenta y de los noventa (América Latina, Sudeste asiático). Y entonces se pone en marcha un proceso perverso que pone aún más en las manos del delito organizado global las economías de los países más frágiles. Los organismos financieros globales obligan a los países en crisis a tomar medidas de austeridad económica que empujan al cierre de las empresas y el aumento del desempleo; entonces crece la economía sumergida que es campo abonado para la economía criminal global. Este proceso es tan evidente que así lo reconoció la ONU en su conferencia para la prevención del crimen de El Cairo en 1995: “La penetración de los sindicatos del crimen ha sido favorecida por los programas de ajuste estructural que los países endeudados se han visto obligados a aceptar para tener acceso a los préstamos del FMI”.

Ya tenemos el panorama a la vista: por un lado, un volumen de dinero negro equivalente a un tercio de los depósitos oficiales de divisas de todo el mundo se blanquea y mete en el sistema legal, apoderándose lenta e implacablemente de buena parte de las economías más frágiles; por otro lado, ese lavado de enormes cantidades de dinero sucio es imposible sin el concurso y la complicidad, de buena parte del sistema financiero legal. No podría ser de otro modo.

El blanqueo de dinero preocupa oficialmente mucho a los poderes legales de nuestra Tierra. Se creó el Grupo de Acción Financiera (GAFI) que pretende controlar la limpieza de las operaciones bancarias y del comercio internacional en todo el orbe. También han surgido numerosas iniciativas como la Conferencia Anual Internacional sobre Lavado de Dinero, grupos policiales específicos contra el blanqueo en varios países, etc. Pero toda la acción ejecutiva del GAFI, por ejemplo, consiste en publicar anualmente listas negras y grises sobre estados que no son suficientemente beligerantes contra el blanqueo de dinero. Y las actuaciones de la policía especializada, cuanto más, logran desmontar grupos dedicados al blanqueo de dinero que han conseguido lavar cincuenta o ciento cincuenta millones de dólares en un año o en cuatro años. Calderilla.

En el blanqueo de dinero negro proveniente del crimen hay que tener en cuenta que esa actividad puede ser artesanal o al por mayor; hay que matizar que el problema grave es el blanqueo al por mayor. Por ejemplo, la policía desarticula un grupo de fuera de la ley en Madrid que había blanqueado unos 50 millones de dólares en el año 2000; eso está bien, pero nos interesa mucho más que se esclarezca el blanqueo de 200.000 millones de dólares en Estados Unidos, provenientes del saqueo de la URSS al privatizar el patrimonio público y del delito organizado en ese país. Ese proceso de blanqueo dio lugar a la creación de un subcomité en el Senado de los EEUU y a multas a treinta y dos bancos norteamericanos, pero no hubo ningún macrojuicio con docenas de magnates financieros procesados, habida cuenta de la magnitud de la cantidad blanqueada; sí lo hubo tras la llamada Operación Casablanca que desmontó una red en la que, curiosamente, sólo aparecieron implicados bancos mexicanos cuyos dirigentes fueron los únicos juzgados y condenados en México; en EEUU los juzgaron en ausencia y reclamaron su extradición, cosa que las autoridades mexicanas no autorizaron.

Lo que está fuera de toda duda es que las grandes entidades financieras se prestan al blanqueo de enormes cantidades de dinero negro por lo que perciben jugosas comisiones. Es impensable imaginar el blanqueo de dinero negro sin la colaboración y la lealtad de algunos —bastantes— grandes bancos de actuación internacional. Lo cierto es que, frente a las rasgaduras de vestidos de los organismos económicos globales ante el blanqueo de dinero, la solución está más al alcance de la mano de lo que pudiera temerse: acabar con la impunidad de los paraísos fiscales, medios imprescindibles para blanquear. Más de cincuenta paraísos fiscales en todo el mundo garantizan a los delincuentes globales la posibilidad de blanquear todo el dinero del crimen organizado. Desde Liechtenstein hasta la isla de Man y las Bahamas, pasando por Bermudas, Islas Vírgenes, Filipinas, Tonga, Panamá, Islas Mauricio, Aruba o Fidji y un largo etcétera aseguran la máxima opacidad y oscuridad a los cientos de miles de operaciones electrónicas financieras que lavan miles de millones. Los primeros paraísos fiscales nacieron durante la guerra fría de la mano de Gran Bretaña en territorios formalmente independientes, pero bajo el control o fuerte influencia de las autoridades británicas. Hoy acogen más de cinco billones de dólares y son sede de un millón de sociedades y compañías, la mayoría de las cuáles apenas disponen de un pequeño despacho. Tapaderas.

Y, con los paraísos fiscales, el secreto bancario, uno de los principales dogmas del neoliberalismo, garantiza la libertad de los grandes delincuentes globales para blanquear tanto dinero sucio como el equivalente a la suma del producto interior bruto de los estados de rentas bajas de la Tierra. En 1994, la conferencia de la ONU para la prevención del Delito Transnacional decidió que había que luchar contra el delito organizado global atacándole en los beneficios, pero sólo fue capaz de acordar una recomendación: “que los sistemas económicos sean más transparentes para reducir la vulnerabilidad de las actividades legítimas frente a la explotación de las organizaciones”, y pidió que las leyes sobre el secreto bancario fueran menos estrictas. Pero el secreto bancario continúa.

Entre tanto, el blanqueo de dinero erosiona las instituciones financieras, modifica la demanda de dinero en efectivo, desestabiliza las tasas de interés y el tipo de cambio, aumenta la inflación de los países donde los delincuentes globales actúan referentemente y afectan a la estabilidad financiera de los países más vulnerables. Paraísos fiscales y secreto bancario garantizan la continuidad del blanqueo de dinero. En última instancia, los delincuentes organizados globales son partidarios y practicantes de la desregulación total, el sueño dorado de cualquier neoliberal que se precie.

Este artículo está tomado de: Solidarios para el Desarrollo- 2001
http://www.ucm.es/info/solidarios/ccs/inicio.htm