La reinserción de los toxicómanos


Pocos colectivos viven tan cerca de la frontera que separa la vida de la muerte como los drogodependientes. El sida, la soledad, el suicidio, la desesperación, una sobredosis o el rechazo social y familiar son compañeros inseparables de los consumidores que suman ya más de 27 millones de personas en todo el mundo, según Naciones Unidas.

Las causas que empujan a una persona al oscuro mundo de las drogas son muchas, pero hay antecedentes comunes a todos ellos: el desencanto, la pérdida de valores y la no aceptación de la realidad.

El consumo de drogas duras se convierte así en una huida sin retorno que deteriora mente y cuerpo y sumerge a la persona en un vacío que le hace perder su autoestima, su dignidad y sus propias señas de identidad.

En las últimas décadas se está produciendo un cambio en el perfil del drogodependiente. La mayor parte todavía son personas jóvenes que comienzan a consumir a los 15 años y provienen de un ambiente marginal, rodeados de pobreza, prostitución y falta de oportunidades. La heroína es la droga preferida de este colectivo. Pero en los países ricos hay ya un nuevo tipo de consumidor que procede de un ambiente acomodado y sin aparentes problemas, que consume también en edad temprana, pero prefiere éxtasis y cocaína en mayor medida. Para los sociólogos, la razón hay que buscarla en "la deshumanización de la sociedad, que lleva a los jóvenes a un estado de desorientación".

Por otra parte, los expertos en medicina coinciden en que la adicción a las drogas duras no puede tratarse como si fuera una enfermedad aguda, "sino que es una enfermedad cerebral que se parece más a un proceso crónico, como la diabetes o ciertas dolencias cardiacas". En el siglo XXI afirmar que un toxicómano es un enfermo parece una obviedad, pero es necesario reivindicarlo y exigirle a los gobiernos, a las administraciones locales y a la sociedad en general un mayor respeto y compromiso con estas personas.

Cada vez es más habitual encontrarse con un caso de drogodependencia en la propia familia, por lo que sería bueno incentivar las campañas de sensibilización para hacer frente a este problema con responsabilidad.

Así lo manifiestan los coordinadores de las asociaciones humanitarias que trabajan con toxicómanos. El primer problema cuando se descubre la adicción de una persona cercana es siempre el rechazo o la ocultación y eso no hace nada más que agravar el problema.

Es necesario, también, mejorar los programas de prevención, actualmente muy devaluados y casi inexistentes entre la población marginal, donde la mayoría de los niños convive con la droga desde su nacimiento.

Por último, sería positivo incrementar los proyectos de reinserción, para lo que se necesita una mayor concienciación de todos los sectores sociales. En algunos países están probándose nuevas iniciativas para combatir el problema de la droga desde una mentalidad abierta. Son los tratamientos con metadona o la normalización de "narcosalas" —-pabellones habilitados donde los toxicómanos pueden inyectarse su dosis y recibir atención médica— que han demostrado eficacia. Aunque se encuentran con la oposición de los grupos más conservadores de la sociedad, que en vez apoyar la reinserción de los toxicómanos, prefieren desahuciarlos, ocultarlos o dedicarles "un poco de caridad". Un asunto de tanta relevancia debe afrontarse con valentía y sin prejuicios.

Sólo así podrán encontrarse soluciones eficaces que generen un mayor bienestar social para todos.

© Ángel Gonzalo