Diez retos en el momento actual

Por Felipe Santos.SDB



1. Cuando los tiempos se ponen convulsos y crispados para los creyentes por unas leyes que saben a resabios trasnochados, el joven y adulto que tienen su fe arraigada en el valor de los valores, Cristo, no se hunde nunca por estas así llamadas nuevas progresías. El cristiano vive estas realidades, no como encerrado en la queja inútil, sino que se lanza a la calle para pregonar a los cuatro vientos que se mantiene fresco y alegre ante el envite innecesario de esta nueva acometida- superada, eso nos creíamos todos, salvo algunos de quienes “intentan gobernar”.


2. Ante estas circunstancias inesperadas en el siglo XXI, el creyente revaloriza su experiencia personal de Dios y la dimensión profética de su fe. Sabe, consultando la historia, que todos estos ataques contra la Iglesia, sus cruces, sus hábitos y manifestaciones externas, no son nada nuevas. ¿Qué queda de quienes hicieron lo mismo hace siglos o 70 años? Nada. Si acaso libros y artículos en las hemerotecas.


3. Ante esta nueva imposición —y dicen que gobiernan para todos— el cristiano, en lugar de arrinconarse en la sacristía, cosa que ellos quieren, aprende a vivir la fe como alternativa cultural válida desde hace siglos frente al laicismo que quieren imponer sin consulta previa. Se hace caso a un grupo minoritario y no al pueblo que, en su mayoría, se declara creyente. ¿A qué vienen ahora estos resentimientos y rencores?


4. Los cristianos- al igual que les ha ocurrido siempre- siguen fieles al testimonio y coherencia de su fe, tan viva y bienhechora para la humanidad-, como desde el primer día. No se queda en los cuatro tópicos que aducen algunos gobernantes contra la Iglesia. Hay —por lo que se ve— una campaña bien orquestada desde los más altos organismos de la política, que intentan dominar el propio mundo de las conciencias inviolables. ¿A dónde van a parar con tanta progresía? ¿A contentar a pequeños grupos de opresión que no brillan precisamente por su virtud?...


5. Ante esta nueva situación que vive el creyente, la familia y los centros educativos con mentalidad y valores cristianos, no le queda más salida que colaborar estrechamente con la Iglesia para que siga apareciendo como un lugar cálido y samaritano, donde los jóvenes sean protagonistas de su propio camino de fe. El camino que les trazan los gobernantes no conducen a una senda de valores en los que brille la luz de la verdad que hace al ser humano libre, y no esclavo de ideologías y pasiones inveteradas.


6. No todos los jóvenes son como esos corpúsculos que machacan cada día a los demás con el dominio de los Medios de Comunicación Social. No son quienes aparecen los que valen y significan a la inmensa población española. ¡Qué va! El joven auténtico es mucho más dialogante que esos que hacen ruido y gritan tras las pancartas de turno. Ellos buscan actitudes dialogantes enriquecedoras, máxime aquellas que afectan a su fe y al futuro de sus vidas.


7. Con estas Plataformas que están germinando —como la rebeldía en tiempos de las Catacumbas— los cristianos buscan ser portadores de los que no tienen voz ni medios de comunicación al servicio de sectarismos gubernamentales. En la calle y en todos sitios tiene que proclamar ante las instituciones públicas las situaciones de injusticia, manipulación o exclusión de que son objeto por leyes atentatorias contra los principios más elementales que reconoce la Constitución.


8. Las familias, los jóvenes, la Iglesia toda mantienen los dinamismo de la esperanza y de futuro en la sociedad actual, desde la óptica de su fe en Cristo Resucitado. Esperan auroras nuevas, y no zarandajas que echen todo a perder por unos votos en las elecciones.


9. La Iglesia y sus creyentes de verdad —sépanlo señores mandatarios—, estarán, como siempre, potenciando procesos y perspectivas que ayuden a vivir su fe, educación y enseñanza de la misma a la misma altura que tienen otras esferas que componen al ser humano.


10. Y, ante estas nuevas e intrusas situaciones debidas a trasnochados resentimientos, los creyentes se erigen en comunicadores del Evangelio, con lenguajes y gestos que convoquen y provoquen a todos en el mantenimiento de los valores que valen siempre. No son perecederos como los que se promulgan ahora al pairo del laicismo y de la progresía de algunos.