Derechos Humanos: La Dignidad Humana y el Hambre

Con demasiada facilidad e imprecisión se suele hablar de «puntos negros» de los derechos humanos en el mundo. Pero, ¿se puede decir realmente que es un mero «punto negro» el hecho de que 1.300 millones de personas, más del 21% de la población mundial, traten de sobrevivir al día con menos de un Euro? Más bien parece un agujero negro que engulle sin conmiseración la dignidad y los derechos humanos, universal y moralmente reconocidos, de millones de personas. Nos parece, también, un eufemismo malintencionado calificar de «punto negro» la intolerable circunstancia de que 4.000 personas mueran de hambre cada hora en todo el mundo: unas 100.000 personas cada día (de las cuales, 35.000 son niños menores de 5 años). ¿Es, acaso, tolerable que en Sierra Leona la esperanza de vida sea de 39 años, menos de la mitad que en la Unión Europea? ¿Es, también, un simple «punto negro» el hecho lacerante de que más de 2.000 millones de personas carezcan de agua potable o apta para la higiene? (He utilizado el concepto de «personas», pero, ¿se les puede llamar realmente tales? ¿Se puede aplicar correctamente este concepto a gentes cuya vida está miserablemente truncada; a gentes que carecen de lo más básico y elemental, que es la alimentación; a gentes que nunca podrán desarrollar las capacidades que como seres humanos poseen…?)

Son bien conocidos, por otra parte, los efectos inexorables que provoca esta desnutrición crónica: los niños desnutridos sufren de parásitos intestinales y diarrea, sarna, carencia de vitaminas A, C, D, complejo B y yodo; sus repercusiones inmediatas son la ceguera nocturna, el escorbuto, el raquitismo, las alteraciones neurológicas y el retraso mental. De esta manera, la muerte puede sobrevenir por deshidratación, infecciones, sarampión, malaria, hipotermia, anemia severa, insuficiencia cardiaca o hipoglucemia.

Según la FAO, 225 familias poseen el 47% de la riqueza total del planeta. En este contexto, y cuando las desigualdades siguen creciendo a escala mundial, como se demuestra en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 1999, y cuando desde mediados de la década de los 80, ha reaparecido la pobreza en Europa occidental y en Estados Unidos, al margen de la pobreza crónica de aquellos países que eufemísticamente (con el lenguaje del poder establecido) se denominan «en vías de desarrollo», la tesis reivindicativa de una necesaria redistribución —justa y moralmente legítima— de la riqueza mundial nos parece, aunque acertada, algo ingenua en el fondo. Esto es así, ya que, desde nuestro punto de vista, apelar a la ausencia de voluntad política, como paso inmediato tras esa tesis reivindicativa, para intentar explicar esta no distribución de la riqueza, supone un error de interpretación política, que, en el fondo, nada explica: decir que no se resuelven determinados problemas porque no hay voluntad política de resolverlos, no añade conocimiento alguno, ya que se obvia (por ignorancia o malignidad) el meollo de la cuestión: ¿por qué no hay voluntad de resolverlos? La única perspectiva, por tanto, que nos parece fecunda para entender las causas materiales (supraindividuales) de esta circunstancia mundialmente extendida, es la siguiente: todo lo que sucede se debe, siempre, a razones necesarias que provocan su existencia. Es decir, todo lo que sucede es por tanto, necesario que suceda. (Mientras no tengamos bien clara esta premisa, continuaremos sumidos en esa viscosidad acrítica que tanto interesa a los poderes económicos y políticos establecidos.)

Desde esta perspectiva, en la que queremos movernos, las desigualdades —abismales, a veces— son fruto, por tanto, de una estructura imperante que, sin embargo, ha conocido «distintas versiones», digámoslo así. La primera versión (o versión dura), que es propia del capitalismo clásico o «salvaje», sostiene —desde una posición darwinista mal aplicada— que las diferencias sociales y económicas poseen una base biológica o «de cuna»: «El hombre enfermo muere y el hombre fuerte combate/ y está bien que sea así./ Al hombre fuerte se ayuda, no al débil/ y está bien que sea así.» (Bertolt Brecht, «La excepción y la regla») Por su parte, en la segunda versión (o versión blanda), sin negar en ningún momento la tesis de la desigualdad entre los hombres, el mercado (palabra totémica) se utiliza como elemento articulador de la sociedad: sostienen sus defensores que el mercado posee la virtud de poner a cada cual en el lugar social que le corresponde; no siendo, en verdad, otra cosa que una distribución aleatoria —en gran medida— de la miseria estructuralmente necesaria. (Podemos observar, de un tiempo a esta parte, el surgimiento de una aparente tercera versión de esta estructura que aquí analizamos: el capitalismo «con rostro humano». Como su propio nombre indica, no es más que mero maquillaje superficial, electoralmente eficaz.)

Si seguimos analizando los problemas desde esa perspectiva más arriba sugerida, llegamos a la conclusión de que el sistema económico capitalista tendrá que evolucionar, progresar, hacia formas cada vez más humanas de integración, y no de exclusión. Y esta evolución se producirá no por «voluntad de cambio», sino porque los conflictos, problemas y aporías generados por tal sistema lleguen, en algún momento, a ponerlo en peligro; abriéndose, así, a nuestro juicio, dos posibilidades futuras: (a) la evolución, cualitativa, dentro del sistema económico capitalista; (b) el progreso hacia otro sistema económico capaz de resolver los problemas generados por el sistema capitalista, habiendo sido éste incapaz de resolverlos. (En este sentido, nos produce risa y mofa la necia tesis «filosófica» del llamado «fin de la historia» (el capitalismo aeternum); una tesis que tantos mandarines del sistema predican y tanto pseudointelectuales cebados de sí mismos repiten.)

Es posible que se nos acuse de incoherencia, proviniendo este artículo de una Organización No Gubernamental. Pero conocemos muy bien la dialéctica en la que nos movemos: por un lado, sabemos que las acciones de las ONG'S no pueden cambiar la estructura que genera los problemas que éstas intentan resolver mediante la doble labor que desde estas organizaciones realizamos: la denuncia crítica y esclarecedora de los conflictos y problemas existentes, y, además, el apoyo, de orden secundario, ante catástrofes humanitarias de todo tipo, que, aunque no resuelvan estructuralmente los conflictos, tiene la virtud de mostrar la viabilidad material de la resolución real de los problemas; por otra parte, como segunda premisa de la dialéctica de la que hablamos, sabemos que nuestros proyectos (en la doble vertiente señalada) contribuyen, en la medida de nuestras posibilidades, a que el panorama global pueda llegar a cambiar y transformarse. La conclusión, entonces, es clara: ¿cuántas personas deben morir todavía para que esto suceda?

José María Clemente Bonilla
Coordinador General de la Liga Española Pro-Derechos Humanos.