Solidaridad:
El informe del PNUD pone de manifiesto las desigualdades entre el Norte y el Sur - Desarrollo injusto

José Carlos García Fajardo*



El Informe de Naciones Unidas sobre desarrollo humano nos ofrece la radiografía del progreso alcanzado en 175 países de los 200 existentes. Desde 1991, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, ha analizado la realidad social no sólo desde el punto de vista del crecimiento económico o del PIB y de las cifras macro económicas, sino analizando el auténtico progreso social que incluye la alimentación básica, la educación, la salud y el impacto en el medio ambiente. De ahí que el Informe PNUD de 1998 fuera considerado como revolucionario y subversivo por denunciar la injusticia social que padecen 4/5 partes de la humanidad en servicio de una minoría que coincidía con el norte sociológico, los países miembros de la OCDE.

Después de que el egipcio Butros Galli fuera vetado por EE.UU para un segundo mandato como Secretario General de la ONU, los grandes intereses transnacionales presionaron a Kofi Annan para que modificara esa política de Cumbres sobre el Desarrollo Sostenible, el Hambre, la Explosión Demográfica, la Infancia, la Mujer o el Medio Ambiente para que enfatizara en su Informe de 2000 las ventajas de los alimentos transgénicos. A cambio de recibir ayuda económica para afrontar la deuda del organismo al que países como EE.UU estrangulaban con el impago de sus cuotas.

Estos datos dieron la vuelta al mundo alertando las conciencias: tres personas poseían unas riquezas superiores a las de 600 millones de habitantes de los 47 países más pobres; 257 familias controlaban bienes superiores al PIB de dos mil quinientos millones de seres humanos; el 20% más rico del planeta consumía el 87% de los bienes mientras que el 20% más pobre no superaba el 1'4% de los mismos. Esa distancia no hizo más que agrandarse en perjuicio de los más pobres mientras los Informes del PNUD y de otras agencias fiables denunciaban el incremento en la venta de armamentos por los países ricos, la contaminación de la capa de ozono y de las aguas, la desertización creciente debida a las talas indiscriminadas de bosques, la explosión del SIDA en África y en Asia mientras los medicamentos asequibles en el primer mundo se hacían prohibitivos para los más pobres, la reducción de la ayuda al desarrollo de los países más empobrecidos.

Mientras, se incrementaban los intereses de la deuda externa convertida en instrumento de poder por las oligarquías dominantes que hicieron de ella objeto de transacciones bursátiles para utilizarla como elemento de presión en los países más pobres. No cesan de expoliar sus riquezas y les pagan con excedentes de producción que para nada necesitan mientras destrozan las incipientes industrias nacionales. La deuda ya no está en poder de los países del norte, ni siquiera de los bancos controlados por sus gobiernos, sino en poder de grupos de intereses transnacionales, sin alma y sin otro objetivo que el beneficio económico a cualquier precio.

El Informe del PNUD de 1998 demostró que con 40.000 millones de dólares anuales, durante diez años, sería posible erradicar el hambre, dar educación básica, proporcionar cuidados sanitarios fundamentales, garantizar la salud reproductiva de las mujeres —para evitar la explosión demográfica al hacerlas responsables de su maternidad—, controlar la pureza del agua y la instalación de letrinas. El Informe demostraba que en el año anterior se habían gastado, tan sólo en EE.UU y en Europa, mil veces más dinero en alcohol, tabaco, cosméticos, alimentos para animales de compañía, drogas y armamento. Las cifras eran impresionantes: 400.000 millones de dólares que cada año se blanqueaban en los bancos del norte mientras que los gastos militares superaron desde ese año los 800.000 millones de dólares.

Eso no convenía a los amos del mundo y trataron de controlar las mentes mediante el monopolio de las Agencias y de los medios de comunicación. Satanizaron el "terrorismo", haciendo abstracción de los terroristas sin distinguir entre las causas de su rebeldía, de su crítica o de su lucha por la libertad: todos eran criminales. Sobre todo si pertenecían al mundo islámico o a países en donde se encontraban las mayores reservas de hidrocarburos o de material estratégico como el col-tan o la bauxita. De ahí al 11 de septiembre no había más que un paso que algunos no dudaron en traspasar silenciando los procesos en marcha que en gran parte conocían los servicios del Mosad, del FBI y de la CIA.

No nos llamemos a engaño, el 11 de septiembre fue una fecha atroz que reveló la fragilidad de los pies de cualquier gigante, en este caso el norteamericano, y que no había escudo contra misiles para proteger a los ciudadanos de cualquier locura exacerbada por la injusticia, por el hambre, por la guerra o por la desesperación. Cui prodest, ¿a quién beneficia el crimen?, preguntaba Agatha Christie.

Nosotros tenemos la respuesta comprobando como pocos días después se firmó el mayor contrato de la historia, preparado desde hacía meses, para adquirir aviones de combate por el gobierno de EE.UU y la Lookeed Martin por valor de 250.000 millones de dólares, se incrementaron los gastos de armamento en un 18% y se concedieron increíbles prebendas a las compañías de construcción y petroleras que habían sostenido la campaña presidencial. Después, nos hicieron guardar minutos de silencio por la pérdida de dos mil quinientas vidas inocentes caídas en el salvaje atentado de Nueva York. Pero no podíamos olvidar a los 47.000 niños que mueren de hambre cada día y a las víctimas civiles de todas las guerras que superan en un 80% a los militares desde el final de la II Guerra Mundial. También por estos hay que hacer horas de silencio y poner los medios para que no se repitan los Hiroshima, Nagasaky, Vietnam, Cambodia, Ruanda, Burundi, Congo, Angola, Sudáfrica, Chechenia, Centroamérica o las guerras montadas de Irak y Afganistán. Ahora anuncian sin pudor la ofensiva criminal contra los países del llamado "Eje del Mal" que vendrán a amortiguar el genocidio contra el pueblo palestino y otras víctimas inocentes de la voracidad de los nuevos Leviathanes que rigen el mundo.

El Informe PNUD 2001 denuncia que la diferencia entre los países pobres —la inmensa mayoría— y los ricos —unos treinta—, no hace sino aumentar. El informe resalta el déficit democrático en muchos países y el monopolio de los países ricos sobre la toma de decisiones en las instituciones internacionales. Aunque la relación entre democracia y progreso social y económico no sea automática, sólo los regímenes democráticos garantizan las condiciones que lo hacen posible. Entre ellas la de poder exigir responsabilidades a los gobiernos por sus actos. Para eso se creó el Tribunal Penal Internacional que EE.UU, China, India, Israel y Rusia recusan.

Permanecer en silencio nos haría cómplices de los crímenes perpetrados por los poderosos. El derecho a resistir al tirano se convierte en deber cuando padecen los débiles. La gran enseñanza de los informes de la ONU es mostrar que el mundo es sólo uno y cada vez más abarcable, y que las soluciones a sus problemas tienen que ser globales ya que la solidaridad nos hace responsables.

*Presidente de la ONG Solidarios y Director del CCS
Solidarios para el Desarrollo (http://www.ucm.es/info/solidarios)