Derechos humanos, único territorio indiscutible

Por Xavier Caño Tamayo*

Como es sabido, el once de abril de 2003, fueron ejecutados tres ciudadanos cubanos que habían intentado secuestrar un ferry en La Habana con la intención de huir a EE.UU. Días antes, 75 disidentes del actual régimen cubano fueron condenados a penas de prisión. Todas las condenas fueron calificadas por el canciller cubano como "medidas dolorosas, pero inaplazables" y otras fuentes del Gobierno de Cuba esgrimieron razones de "seguridad nacional" para justificar juicios y condenas. Las ejecuciones, han tenido —dicen— un "propósito ejemplarizante" para evitar que se convierta en habitual la fuga hacia Miami en naves o aviones tomados por la fuerza.

Días después, el premio Nobel de Literatura José Saramago escribía que "disentir es un derecho que se encuentra inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras" y refiriéndose a las ejecuciones añadió que "Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones".

Somos muchos los que podemos hacer nuestras esas palabras de Saramago y no porque "estemos desinformados" como se han proclamado algunos intelectuales y artistas cubanos. El optar por la vida como derecho indiscutible e inalienable no es cuestión de desinformación; es saber que no hay razón en el mundo que justifique el que se arrebate la vida a un ser humano; es la elección del imperio de los derechos humanos como territorio indiscutible; como ideología y cultura que no admite ser puesta en cuestión. Lo contrario es el vértigo de la autodestrucción o el retorno a la barbarie con todos los honores.

Cuando Castro y las columnas guerrilleras que comandaba entraron en la Habana en enero de 1959, acabando con la corrupta y feroz dictadura de Batista, se abrió una esperanza entre los hombres y mujeres que buscan la justicia y la verdad en el mundo. La clase dirigente de EE.UU., que en su paranoia vieron una amenaza en la isla liberada de la tiranía, no tardaron en agredir al nuevo estado financiando y organizando ataques de todo tipo desde quemas de cosechas de zafra hasta asesinatos de maestros alfabetizadores, pasando por la invasión de Bahía Cochinos hasta consumar un asedio económico que ha durado cuatro décadas y ha arrojado a Cuba al umbral de la pobreza. Sin duda, la clase dirigente de los EE.UU. no es inocente, ni honradas sus intenciones respecto a Cuba, pero eso no justificará nunca la violación de los derechos humanos ni la ejecución de disidentes. Como no las justifica el rancio recurso a la "seguridad ! nacional". Ese mismo argumento lo utilizaron todos los golpistas y torturadores sudamericanos de la década de los setenta y continúan haciéndolo los gobiernos de EE.UU. Al final, resulta que creer de verdad en la libertad y en la justicia es mucho más duro, difícil y arriesgado de lo que parece cuando esos ideales solo son palabras solemnes de proclamas y manifiestos.

Una de las peores consecuencias de los juicios con pocas garantías, de las largas penas de prisión a disidentes, aún más de las ejecuciones, y de otras sinrazones del sistema castrista es que fortalecen y justifican a la mafia neoliberal cubana de Miami y a la extrema derecha estadounidense que anhelan un pretexto para entrar a sangre y fuego en Cuba presuntamente en nombre de la libertad; no porque les interesen un rábano los derechos humanos de los cubanos sino porque la revolución cubana les tocó el bolsillo y quieren la revancha. La mafia cubana enquistada en Miami y otras derechas voraces agitan con júbilo a Castro y sus desmesuras porque les justifica; les hace aparecer como demócratas de verdad, amantes de la libertad. Pero la única libertad que ansían es la del capital financiero así como la que se traduce en ausencia total de regulaciones que pongan algo de orden y decencia en la jungla obscena del más salvaje capitalismo que ha conocido la historia.

Casi todos los que se frotan las manos por los graves patinazos y violaciones de derechos en Cuba entienden la democracia en el sentido de aquella máxima pervertida que proclamaba que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Los que rugen contra la tiranía de Castro (pero no movieron un dedo contra la tiranía de Batista o de Pinochet, las dictaduras de Franco y Salazar; ni lo mueven contra la de Musharraf en Pakistán, de la familia real en Arabia Saudí o las de las repúblicas ex-soviéticas de Asia Central), solo aceptan la democracia mientras no suponga poder de los ciudadanos e imperio real de los derechos humanos, porque eso, a la larga, pondría en cuestión su neurosis de lucro.

El periodista Hermann Tertsch, en un libro sobre las causas del conflicto de los Balcanes, hace una lúcida comparación entre comunismo soviético y nazismo: el comunismo es una hermosa doctrina que degeneró, pero el nazismo es un pensamiento que nació degenerado. Acaso el régimen instaurado en Cuba en 1959 haya degenerado por la agresión y el bloqueo, y también por la capacidad corruptora del poder sin contrapeso ni controles (como ocurre cada vez más en las democracias de países desarrollados). Pero la mayoría de los que gritan contra los desmanes de Castro están degenerados desde siempre por el afán desmedido de beneficios como principal (a menudo único) objetivo de su existencia.

* Periodista
de Solidarios para el Desarrollo.