Los científicos y la ética

Entre las distintas acusaciones que se hacen a la ciencia en ciertos círculos (materialista, ininteligible, superespecializada, deshumanizada y otras cosas más) hay una especialmente popular en estos tiempos. Me refiero a lo que podría denominarse «falta de ética» o «inconciencia de sus aplicaciones» Según los acusadores, la ciencia ha sido responsable de algunos de los episodios más atroces en toda la historia de la humanidad, ejemplificados (naturalmente) por la bomba atómica, pero la lista es larga e incluye también a los gases de guerra, el napalm, los agentes desfoliantes, la guerra bacteriológica, los misiles intercontinentales, etc… No son nada más los usos bélicos de algunos de sus productos lo que se critica en la ciencia sino también se la responsabiliza de la destrucción salvaje del medio ambiente; algunos conservacionistas señalan con dedo flamígero a lagos y ríos transformados en tumbas ecológicas, a la desaparición de muchas especies animales y a la contaminación ambiental urbana. «Esta tragedia —nos dicen— es el resultado de la explotación de la naturaleza por medio de la tecnología desarrollada por los científicos, a quienes nunca les han importado las consecuencias de sus descubrimientos. Hay que acabar con ellos…» A estos horrores ahora se agrega el peligro inminente de que tales personajes malévolos logren introducirse al núcleo central del control de la vida humana, por medio de la ingeniería genética, y la manipulen para satisfacer quién sabe que ambiciones secretas.

Los poderes de la ciencia siempre se han asociado con intenciones perversas; en la literatura gótica (y en la más popular de las caricaturas, los «monitos» y la televisión el científico es con frecuencia el «malo». Son testigos de esta asociación el Dr. Moreau (recuérdese su isla y sus experimentos para «humanizar» animales), el Dr. Moriarty (el peor criminal con quien se enfrentó Sherlock Holmes), el Dr. Strangelove (de aficiones atómicas), el Dr. Frankenstein (creador de un famoso mostruo innominado), el Dr. Jekyll (listo para transformarse en el terrible Mr. Hyde), y muchos otros menos conocidos pero no por esto menos malignos. El científico «bueno» es extraordinariamente raro; el único que recuerdo en este momento es a Arrowsmith.

En contraste con lo anterior, mi experiencia con los científicos no sólo mexicanos sino de varios países del hemisferio occidental que he tenido el privilegio de conocer ha sido muy distinta. Para empezar, hay científicos de todos tipos, como hay banqueros, acróbatas y músicos de todos tipos: agradables, enojones, arrogantes, dedicados, vividores, serios, aburridos, parlanchines, pomposos o modestos. También debe haber científicos «malos» pero por fortuna no me ha tocado conocerlos. Además, la gran mayoría de los hombres de ciencia con quienes he tenido contacto están profunda y genuinamente interesados en las posibles consecuencias de sus investigaciones y descubrimientos, aunque también saben que muchas de ellas son imprevisibles, en vista de que todavía no conocen la respuesta a sus preguntas científicas. Y también debo agregar que la gran mayoría de los hombres de ciencia que he conocido son pacifistas, se oponen a los usos bélicos de la ciencia (muchos forman parte de grupos muy activos socialmente) y comparten el desaliento y el enojo de los conservacionistas frente al ecocidio actual. En pocas palabras, los científicos pertenecen a la misma especie, Homo sapiens, que sus acusadores y por lo tanto poseen sus mismas características; no son ni mejores ni peores, sino que también son seres humanos.

Pero si los investigadores no son congénitamente perversos, entonces ¿es la ciencia la responsable de tanto mal? ¿No deberíamos proscribirla para evitarlo, o por lo menos declarar una moratoria antes de que nos destruya a todos en un tremendo holocausto nuclear? Temo que la solución de nuestros problemas, si es que la tienen, no anda por ahí. La ciencia es un instrumento, es la manera como el hombre explora la naturaleza y obtiene conocimientos sobre ella. Los usos que se le dan a ese conocimiento no dependen ni del método utilizado para alcanzarlo ni de su contenido. Por más esfuerzos que hagamos, no podremos ocultar que los únicos responsables de lo que hacemos somos nosotros, los seres humanos. Si vamos a usar la fisión nuclear controlada para hacer fuentes de energía barata o para hacer bombas atómicas no depende de la fisión nuclear; si vamos a usar a la microbiología para entender mejor y curar más eficientemente a nuestros enfermos, o si la vamos a usar para la guerra bacteriológica, no depende de la ciencia ni de los científicos. Cada uno de nosotros, como seres humanos, somos responsables. La ética del científico no es diferente de la ética del político o del periodista; no es ni más culpable ni más inocente que todos los demás, porque su ética no depende de su actividad profesional sino de su participación en la vida de la sociedad como otro ser humano.

© Ruy Pérez Tamayo